Wall Street
Enrique Viaña Remis[*]
Poco más de un año después de la quiebra de Lehman Brothers, que puso al mundo al borde de la bancarrota, y de dos años desde el hundimiento de los hedge funds de Bear Stearns radicados en las Islas Cayman, que reveló la extensión de la contaminación de las finanzas globales por “activos tóxicos”, por otro nombre hipotecas subprime, Wall Street vuelve a las andadas. Varios profesores que ofician de sus portavoces académicos – Donald J. Boudreaux, de la Universidad George Mason, Jeffrey Miron, de Harvard, y Adam Pritchard, de la Universidad de Michigan, entre otros – han emprendido una campaña para acabar con la criminalización del uso lucrativo de información privilegiada.
En un artículo (“Aprendiendo a amar el uso lucrativo de la información privilegiada”) aparecido en el Wall Street Journal el 24 de octubre de 2009, Boudreaux argumenta que semejante uso actúa en interés del público facilitando el ajuste eficiente del precio de mercado. Si, por ejemplo, soy el director de una empresa farmacéutica que acaba de conseguir un contrato multimillonario con el gobierno para el suministro de vacunas antivirales, debería ser perfectamente legal – arguye Boudreaux – el uso de esa información, que obra exclusivamente en mi poder, para hacerme rico comprando acciones de la empresa cuando el precio está bajo porque el mercado lo ignora, y vendiéndolas más caras cuando la información se haya hecho pública. Y debería ser legal porque es eficiente, se nos dice. Puesto que otros inversores potenciales, al ver que los precios suben un poco como consecuencia de mi actuación, pensarán que hay gato encerrado, como vulgarmente se dice, y tratarán de obtener información que de otro modo ignorarían que existe. Si se me prohíbe hacerme rico utilizando la información privilegiada que poseo, lo único que se conseguirá es mantener al público engañado por más tiempo, lo que es poco eficiente, o al menos eso piensa Boudreaux.
La verdad es que a estos tipos no les faltan ocurrencias. La de Boudreaux es sutil: la compra o venta de acciones es detectable y, por tanto, puede ser castigada, pero ¿qué hay de la decisión de no comprar o no vender? Supongamos que tengo acciones de la empresa de que soy director y pensaba venderlas, pero al obtener un contrato con el gobierno desisto de hacerlo, porque sé que van a subir de valor. Me lucro tanto como si las comprara, pero en este caso el uso de la información privilegiada es indetectable, porque no se puede demostrar que yo tenía intención de hacer tal cosa o tal otra. De manera que la ley puede castigar únicamente la mitad de las situaciones en que alguien saca provecho de la información privilegiada que posee. Si el mundo no se hunde por el uso indetectable de dicha información, ¿por qué hay que creer que se hundiría si se permitiera el uso detectable con la misma liberalidad que se permite el indetectable?
Como se ve, Wall Street sigue a vueltas con lo mismo. Su teoría es que el mundo funcionaría mejor si se prescindiera de toda moral. Les tiene sin cuidado que semejante filosofía condujera al mundo al marasmo económico en que se encuentra. Quizá los mercados ganarían algo de eficiencia haciendo caso de sus recetas, pero los riesgos sistémicos que la ausencia de moral comporta son – por experiencia lo sabemos – demasiado grandes y no compensa el asumirlos. El único problema de quien se lucra aprovechando la información privilegiada que posee es que su ganancia es dinero fácil, del que se está privando a otros inversores, que pueden haber sudado para ahorrar el capital que arriesgan. No se podrá evitar que quien tenía pensado deshacerse de unas acciones, y repentinamente se entera de que van a subir, gane decidiendo conservarlas; su derecho a ello es contrapartida de la prohibición de venderlas en otros casos. Porque quien vende acciones de una empresa sabiendo, gracias a información privilegiada, que va a presentar quiebra mañana, actúa como quien vende un producto a sabiendas de que contiene vicios ocultos por el precio que obtendría si no los tuviera. Es un estafador, y los estafadores deben dar con sus huesos en la cárcel.
[*] Enrique Viaña Remis es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Castilla-La Mancha.